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Archive for 16 octubre 2009

por Malacara

Trabajo infantil I

“Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo”, dice la letra del tango Balada para un loco de Horacio Ferrer, inmortalizada con la música de Astor Piazzola y con la interpretación del Polaco Goyeneche. Y dentro de ese “qué sé yo” que ilustra la cultura argentina, está también, todo lo que no se quiere ver, lo que no se quiere oír.

“Se lo limpio”, “una monedita”, “es para mis hermanos”.

El paisaje porteño oscurece cuando el sol se esconde tras los edificios y las primeras luces de la ciudad destellan cerca del obelisco. En los teatros de avenida Corrientes las colas tienen vida y en la calle los autos parecen tomar distancia.

Ellos están ahí, al atardecer, frente a nuestros ojos, en el semáforo, como pegados al parabrisas. De pies descalzos, improvisados malabaristas y saltimbanquis, por lo general de una estatura menor a la línea que hay que pasar para acceder a la montaña rusa, de mocos secos y un brillo en los ojos desmedido para cualquier extraño.

Según la declaración de los derechos del niño, “la humanidad debe a los pequeños lo mejor que puede darle. Gozarán de una protección especial
y dispondrán de oportunidades y servicios, dispensado todo ello por la ley y por otros medios, para que pueda desarrollarse física, mental, moral, espiritual y socialmente en forma saludable y normal, así como en condiciones de libertad y dignidad. El niño debe ser protegido contra toda forma de abandono, crueldad y explotación”.
Sin embargo, los chicos trabajan y no van a la escuela, a los cinco aspiran poxi-rám, a los diez ya tuvieron su bautismo en asaltos y antes de los 15 metieron su primer facazo. No todos, eso de la misma bolsa siempre me gustó, pero bien sabemos que están ahí, solos, sin sus sombras que van deprisa y por las noches pierden sus pasos.

La legislación argentina dictaminó que 14 años es la edad mínima para trabajar pero…

Si nos alejamos de la 9 de Julio, tan sólo con doblar en Lavalle, vemos carros gigantes como de la edad media que parecen rodar sin ayuda, pero que si prestamos atención, son empujados por nuestros hijos, por nuestra presente y futura sociedad, por los que votarán por un poco de comida, por los que no tendrán la oportunidad de proyectar más allá que el día a día.

Hay palabras olvidadas, perdidas o que queremos entender por la mitad.

Conciencia: conocimiento interior del bien que debemos hacer y del “mal que debemos evitar”, así define el diccionario, a esa palabra que parece no existir…

Trabajo infantil II

…En Plaza Once venden flores de tulipán, llaveros, tarjetas y estampitas. “Mi sueño es tener una familia y que a mis hijos no le falte nada”, sueña Federico, apoyado en un semáforo.

¿Podrá Federico?

“Mejor distribución de los ingresos”, “acortar la brecha entre ricos y pobres”, “mayor seguridad social”, “no más hambre para el pueblo” y “una mejor educación para nuestros hijos”. Quizás algún día estas frases dejen de ser sólo el eslogan de las campañas políticas.

¿Por qué pagamos antes las deudas monetarias que las sociales? Claro, dicen que es la única forma para que desde afuera dejen gobernar. O será que creamos pobres para poder hacer clientelismo político. “Qué sé yo”, tiembla la vos del Polaco. Pero si ni siquiera les informamos a los padres como prevenirse cuando no quieren tener más hijos.

No sólo “las tardecitas tienen ese… “ Las madrugadas en las terminales también tienen ese toque porteño, en Aeroparque, vemos las cabecitas tiradas hacia atrás, miran un cielo oscuro pintado de luces de pájaros gigantes y sueñan con volar. Pero en cuanto nos ven, como ardillas astutas, vienen corriendo para poder llevar nuestro equipaje.

¿Cómo puede faltarles la educación a nuestros hijos?

El inconveniente no es que trabajen sino que lo hagan a tan temprana edad, el problema es que resignen el estudio, que es la base de cualquier sociedad, de cualquier cultura.

Quizás sea porque a sus padres les pasó lo mismo, porque tampoco tuvieron esa pequeña y gigante posibilidad de ir a la escuela, o porque tuvieron que abandonarla para poder llenar sus entrañas. Tal vez, la lucha por comer, deje ese sabor amargo de no poder compartir cosas con las personas de su edad, de ir quedando al margen, al lado, al borde de un sistema que parece patearlos fuera del tablero.

En Constitución ya podemos encontrar graduados, profesionales, impecables abridores de puertas de taxis, con esa perfección de palma de la mano que brilla con la luna, la boca cerrada y unos ojos fríos que calientan el alma.

¿Por qué trabajan nuestros chicos?…

Trabajo infantil III

…Si tomamos un tren en Retiro y llegamos a Tigre, el paisaje cambia. Hay más árboles, ríos, canales, casas elevadas y lanchas. Hay turistas que van a ver la casa de Sarmiento y paseos en catamarán. Pero si nos alejamos un poco, también encontramos en el Delta a los pescadores que no pudieron leer Tom Sawyer, a los pequeños con cañas mojarreras y el infaltable mangazo “me regala el pescado, don”. Tienen hambre y no precisamente de saber.

El tango es muy porteño, de conventillos, de los chicos lustra botas. Aunque con muy diferentes costumbres, la sociedad se extiende más allá de las luces de Capital y Buenos Aires, y el trabajo infantil, también.

Pasando las autopistas, las fábricas linderas y los pequeños pueblos, están nuestras provincias. Allí el trabajo de los niños es más frecuente aunque por lo general, mucho más apegado a la familia.

Si llegamos a San Salvador de Jujuy y vamos hasta Humahuaca o Purmamarca, además del cerro de siete colores, la quebrada y el salar, tenemos a los guías más inocentes que nos llevan de travesía por un par de monedas. A esos pequeños exploradores que no tienen miedo, y que a veces, se animan a pelearnos el precio.

En La Quiaca, a 3700 metros de altura es muy fácil apunarse, puede que las piernas no respondan, que cueste respirar, que haya agitaciones en el cuerpo, mareos y vómitos. Los nativos venden hojas de coca para contrarrestar el malestar que por cierto “son efectivas”, se pueden conseguir en las despensas, en los kioscos y caminando por la calle. Sí, un poco transpirados, con el polvo colorado pegado en la ropa, están los niños con una bolsa de hojas verdes en cada mano para hacernos el favor. Los mismos que piden un extra si querés una foto con ellos de recuerdo.

Si bien en el interior del país la familia es más arraigada, lo que es muy común es el trabajo forzoso, los niños cargan bolsas pesadas en las plantaciones, trabajan horas de más, les pagan menos y se exponen a diferentes pesticidas. Según un estudio citado por la OIT, en áreas rurales hay más muertes infantiles causadas por los pesticidas que por todas las enfermedades juntas que son propias de la infancia.

No nos olvidemos de lo más nefasto: la explotación sexual con fines comerciales, la pornografía y el turismo sexual. En el centro de Tucumán si le preguntás a un mozo “piola” donde conseguir sexo pago, te podés llevar una sorpresa: “Mujeres, hombres o algún changuito”.

En las fronteras es común el tráfico de drogas y qué es mejor que la inocencia para pasar un par de bultos.

¿Qué pasa por nuestras mentes para usar de camello a estos niños?

Porque, aunque nunca mandaríamos a un chico a contrabandear, sabemos que pasa, no lo denunciamos, vivimos con eso, somos parte de eso, lo aceptamos, nos desligamos y nos olvidamos.

Trabajo infantil IV

“el mal que debemos evitar”. Sí pasamos San Martín de los Andes con sus siete lagos, vamos más allá de Bariloche, cruzamos El Bolsón y llegamos a Esquel, a menos de cuarenta kilómetros de los centros turísticos, están las minas. Generalmente de intereses extranjeros, quienes explotan a los nativos del lugar. Es un trabajo insalubre que los chicos están dispuestos a hacer, se meten por pequeños agujeros, para guiar a sus padres que no pueden entrar por su tamaño ¿La remuneración? Mínima, parece que les pagan por su estatura, o lo que es peor, por su peso. El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) ha desarrollado un conjunto de criterios básicos para determinar si el trabajo infantil es explotador: No debe ser con dedicación exclusiva a una edad demasiado temprana, tampoco provocar estrés físico, social o psicológico. No al trabajo en la calle si es en malas condiciones o con un salario inadecuado. No pueden los niños trabajar en minas y en ningún lugar que pueda afectar su dignidad y autoestima. Está claro, el trabajo infantil hace crecer la mortalidad de nuestros chicos, los expone a tareas que les traen problemas físicos, les quita la posibilidad de estudiar, de crecer junto a sus pares, cambiar figuritas y jugar al poliladron. No es tan sólo en las tardecitas, no es siquiera sólo en Buenos Aires, laburan a diario en toda la República Argentina. Bien cantaba Goyeneche con voz temblorosa: “Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo ¿Vistes? Salís de tu casa, por Arenales; lo de siempre, en la calle y en vos”.

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