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Archive for 21 noviembre 2009

La soja es una especie originaria de China, hacia fines de siglo XVIII ingresa a Europa y poco después a EEUU. Durante la década del 40 se expande rápidamente en este país, para abastecer a las tropas durante la segunda guerra mundial. A fines de los 60 este cultivo se difunde en Brasil, incentivado por la gran demanda de los países europeos. Todavía la producción Argentina carecía de relevancia alguna, pasarían diez años para que la soja arribe a la región pampeana. Posteriormente, la superficie cultivada en el país con esta oleaginosa creció a un ritmo constante hasta mediados de los 90, acelerándose considerablemente durante los últimos diez años. Desde el año 2006, la soja ocupa en Argentina la mitad de la superficie cultivada, ningún otro cultivo ha sido tan dominante en los últimos 50 años. En la actualidad, el poroto de soja y sus derivados (pellets o harina proteica, aceites, etc.) representan el principal rubro de exportación y el área implantada con este cultivo ronda las 18 millones de hectáreas.

La expansión del cultivo de soja, responde principalmente a los precios crecientes de este “commodity” en el mercado internacional (China y Europa como grandes demandantes) y a los bajos costos de producción. Además de la incorporación de “paquetes tecnológicos” que combinan soja transgénica, empleo de glifosato y siembra directa1. Paralelamente, las políticas económicas desarrolladas durante la década del 90 modificaron la estructura agraria nacional, favoreciendo el ingreso de grandes capitales y el cierre de aproximadamente una de cada cinco explotaciones agropecuarias. Los procesos de concentración de capital y la incorporación de nuevas tecnologías, redujeron la demanda de mano de obra por hectárea incidiendo significativamente en el avance de la pobreza rural. En este contexto, entre cuatro y seis de cada diez habitantes rurales tienen necesidades básicas insatisfechas; paradójicamente el valor de las exportaciones por habitante rural sobrepasa en más de tres veces a las exportaciones totales nacionales per cápita y la relación exportaciones/importaciones agropecuarias es mayor a 12 a 1 (siendo de 4 a 1 en el sector que le sigue en importancia). Asimismo, si bien el PIB agropecuario representa casi un tercio de la economía argentina, la agricultura solo absorbe de modo directo el 8% del empleo.

La elevada rentabilidad en la producción extensiva de soja, determina el desplazamiento de otros usos alternativos de la tierra en la Pampa Húmeda y el avance hacia zonas extrapampeanas. Los elevados márgenes de este cultivo, permiten obtener beneficios incluso donde los rendimientos son exiguos, incrementando la magnitud de las explotaciones y avasallando con las economías regionales. La demanda de tierras para el cultivo de esta oleaginosa, condujo a la expansión de la frontera agrícola a expensas de bosques (desmonte) y sistemas naturales o seminaturales. Entre 1998 y 2002 se desmontaron 118.000 ha en Chaco, 160.000 ha en Salta y 223.000 ha en Santiago de Estero; a estas incalculables pérdidas deben sumarse los procesos de degradación ambiental asociados como la erosión y la pérdida de nutrientes del suelo. La erosión hídrica afecta 223.000 ha/año, en la Pampa Húmeda los sectores más afectados son el norte de Buenos Aires, el sur de Santa Fe y el sudeste de Córdoba. Por su parte los suelos de Entre Ríos, Misiones, Chaco, Salta y Formosa poseen cerca del 40% de su territorio afectado por procesos erosivos. Asimismo, el interés privado por tierras para cultivar soja expulsa a pequeños campesinos y comunidades enteras de pueblos originarios en Argentina, Brasil y Paraguay. En términos generales, son suficientes 400 ha para albergar 80 familias de pequeños agricultores; la misma superficie destinada a la producción extensiva de soja crea tan solo dos puestos de trabajo. A su vez, la elevada rentabilidad del negocio agropecuario “sojero”, determinó que las tierras se valorizaran a niveles comparables con países desarrollados de agricultura subsidiada; limitando considerablemente la posibilidad de acceder a la tierra (tanto en propiedad como en arrendamiento) a otros actores.

El cultivo de soja posee una importante demanda de nutrientes como nitrógeno y fósforo, en relación con otros cultivos. Por cada kilogramo de nitrógeno absorbido la soja produce 3 veces menos que el trigo, 4 veces menos que el maíz y casi 20 veces menos que la papa; una respuesta similar se observa con la utilización del fósforo. Además este cultivo posee una elevada removilización desde estructuras vegetativas al grano; un 78 % del nitrógeno y un 83 % del fósforo absorbidos por la planta se “exportan” con el grano cosechado. Esto determina una pérdida considerable de la fertilidad de los suelos (minería agrícola) ante la exigencia de la agricultura sojera; proceso que es mucho más evidente en los frágiles suelos extrapampeanos. Evidentemente, se está condicionando el empleo del patrimonio edáfico en el corto plazo, en desmedro de las generaciones futuras. Existen tristes testimonios de procesos similares ocurridos a lo largo de la historia de toda América Latina, pueden mencionarse los monocultivos de café, caña de azúcar, cacao, etc.

La elevada dependencia de los precios internacionales y los riesgos ambientales imperantes en la producción agrícola, determinan la consabida vulnerabilidad de un sistema que “coloca todos los huevos en la misma canasta”. Esto es más dramático si se considera que el 90 % de la producción de soja se exporta, determinando una dependencia absoluta de los precios internacionales y de los caprichos climáticos. Es importante considerar que la soja representa básicamente en los principales mercados compradores, un alimento para animales y una materia prima para la producción de biocombustibles2. Es decir que la soja no es en si misma un alimento para humanos y su dominancia se dio en detrimento de suministros básicos (trigo, leche y carne principalmente). Esto deriva en incrementos en los precios de los alimentos que afectan el salario real y determina la eventual necesidad de importarlos. Los “efectos colaterales” de la expansión de la soja, han sido obviados deliberadamente en el discurso de la dirigencia agropecuaria, relativizando todo sus “martirios” en torno a las retenciones.

En términos generales, las retensiones a las exportaciones afectan principalmente, y con una alícuota mayor, a las oleaginosas, principalmente soja y girasol. Es decir que además de ser un “mero mecanismo recaudatorio”, desincentivan la producción de cultivos como la soja y tienden a equipararlos a otras alternativas productivas (alimentos como trigo, leche, carne, zapallo, papa, etc.). ¿Cómo opera básicamente este mecanismo?… Si el precio internacional de un producto x es por ejemplo de 100 dólares, el 35 % de ese valor (35 dólares) es un tributo que hay que pagar al estado para sacarlo del país, de ese modo se establece un precio real que recibe el productor de 100 – 35 = 75 dólares. El precio interno queda establecido en 75 dólares, ya que el productor puede optar por venderlo en el exterior y recibir 75 dólares u ofrecerlo en el mercado interno a ese mismo precio. Desde el punto de vista del consumidor esto es muy importante, ya que debe pagar 75 dólares para abastecerse del producto x, mientras que sin retenciones debería pagar 100 dólares. Si el producto x presenta un mercado interno importante, el considerable el se ve directamente beneficiado. Si por el contrario el producto x principalmente se exporta, las retenciones hacen que dicha producción compita menos por la tierra con otras producciones alternativas (productos con mayor mercado interno). De todos modos, las retenciones en si mismas no favorecen a los sectores más perimidos del ámbito rural. Si bien en alguna medida la “resolución 125” contemplaba reintegros a los pequeños actores del negocio agrícola, son necesarias políticas mucho más activas que fomenten la diversidad de producción y contemplen integralmente las realidades del interior del país. Para los medios masivos de comunicación, no existen los reclamos del MO.CA.SE. y del M.S.T., por solo mencionar a algunos. En cambio, muestran hasta el hartazgo los piquetes de los productores agropecuarios y las exposiciones de la llamada mesa de enlace. Sistemáticamente se indujo a la opinión pública a apoyar un reclamo por los intereses de unos pocos; y a demonizar la lucha genuina e infinitamente más urgente de las agrupaciones sociales por importunarla tranquilidad de la gran ciudad.

La sociedad en su conjunto debe debatir el modelo de desarrollo a seguir, ¿la especialización sojera, cortoplacista y con costos ambientales y sociales irreversibles? … o ¿un modelo diversificado pero mucho más sustentable y compatible con un desarrollo integral de la economía y la sociedad?… Evidentemente hay que poner todos los aspectos en la balanza, responsablemente y sin “ilusionismos mediáticos y corporativos”.

Notas:

1. El Glifosato es un herbicida no selectivo (elimina a la mayoría de las especies vegetales), Roundup es el nombre comercial de este producto patentado por la firma Monsanto. La misma compañía desarrolló la soja trangénica resistente al Glifosato, que comenzó a comercializarse en la década del 90. La combinación de soja trangénica y el empleo de Glifosato, se vinculan estrechamente con la tecnología de siembra directa (siembra sin labranza, que emplea barbechos químicos principalmente a base de Glifosato).

2. Los Biocombustibles representan en si mismos un riesgo para la soberanía alimentaria de los países periféricos; ya que la enorme demanda de productos primarios (principalmente cereales y oleaginosas) que significa sustituir al menos en parte al petróleo, eleva cuantiosamente el precio de los alimentos.

Fuentes consultadas

Baigorri, H. E. J. Fertilidad y fertilización. En: El cultivo de la soja en Argentina. Editores: Giorda, L. y Baigorri, H. E. J. INTA C. R. Córdoba. Diciembre de 1997.

Devoto, R. La comunidad europea y las exportaciones de la pampa argentina. Centro Editor de América Latina S. A. Buenos Aires. 1993.

Giorda, L. M. La soja en la Argentina. En: El cultivo de la soja en Argentina. Editores: Giorda, L. M. y Baigorri, H. E. J. INTA C. R. Córdoba. Diciembre de 1997.

Aizen, M. A.; Garibaldi, L. A.; Dondo, M. Expansión de la soja y diversidad de la agricultura argentina. Ecol. Austral, ene./abr. 2009, vol.19, no.1, p.45-54.

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